Bruce Mathers Marshall


jueves, 27 de diciembre de 2012

Esforzarse sin sentirse obligado.


Hay un charco de lágrimas donde leo los tebeos de mi 
fascinación y una etapa de recreos donde aprendí a 
caminar. Gol. 
Quedan a mis espaldas, creo, tus jadeos en mi cuello. 
Ser pequeño puede estar tan lejos. Ser pequeño es digno 
de admiración. 
Signo de admiración, te quiero, signo de admiración y 
cierro: los ojos, la boca, los miedos, los huesos. 
Signo de admiración y abro: vamonos… Vamonos a pintar 
la ciudad de rojo, regalar sonrojos, quitar el cerrojo. 
Vamonos… Vamonos al ascensor parado, al vagón de metro, 
al mejor momento, vamonos. 
Signo de admiración y cierro otra puerta y adiós decepción. 
Signo de admiración y abro otra opción y entra la sangre 
y cierro otra puerta que abres con la radiografía de 
mi corazón. 
Joder, ¡y eso que aun no te conozco! 

Quiéreme, manifiéstate de súbito, choquémonos como por 
arte de mágico en el Bukowski un miércoles. 
Pidámonos disculpas, intentemos tirar el muro gélido 
diciéndonos las cuatro cosas típicas. Invitémonos a bebidas alcohólicas. 
Escúchame decir cosas estúpidas y ríete. Sorpréndete 
valorándome como a oferta sólida. 
Y a partir de ahí, quiéreme. Acompáñame a mi triste 
habitáculo. 
Relajémonos y pongamos música. 
De pronto, abalancémonos como bestias indómitas. 
Mordámonos, toquémonos, gritémonos. 
Permitámonos que todo sea valido. 
Y sin parar follémonos. Follémonos hasta quedar afónicos, 
follémonos hasta quedar escuálidos. 
Y al otro día, quiéreme. 
Unamos nuestro caminar errático descubramos restaurantes 
asiáticos, compartamos películas, 
celebremos nuestras onomásticas regalándonos fruslerías 
simbólicas. 
Comprémonos un piso. Hipotequémonos. 
Llénenoslo con electrodomésticos y regalémosle nueve 
horas periódicas a trabajos insípidos que permitan llenar el frigorífico. 
Y mientras todo ocurra, solo quiéreme. 
Continúa queriéndome mientras pasan hespiditas las 
décadas dejando que nos arrojen al hospital geriátrico. 
Inválidos, mirándonos sin más fuerza ni dialogo que 
el eco de nuestras vacías cáscaras. 
Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra 
de mi lápida 
“Ojalá, ojalá como dijo aquel filosofo, el tiempo sea 
cíclico y 
volvamos reencarnándonos en dos vidas idénticas y 
cuando en el 
umbral redescubierto de una noche de miércoles 
pretérita tras 
chocarme contigo, girándote, me digas: uy, perdóname, 
ruego que 
permita al Dios autentico que recuerde el futuro de 
este cántico, y 
anticipándolo, pueda mirarte directo a los ojos y 
conociéndolo muy 
bien, sabiendo el de venir de futuras esdrújulas, 
destrozando de un 
pisotón mi brújula te diga: Solo quiéreme”. 

Vamonos, vamonos a pintar la ciudad de rojo, regalar 
sonrojos, quitar el cerrojo a esta puta prisión. 
Vamonos, vamonos al ascensor parado, al vagón de metro, 
al mejor momento que encuentre el amor, vamonos. 
Signo de admiración y cierro otra puerta y adiós decepción. 
Signo de admiración y abro otra opción y entra la sangre 
y cierro otra fuerte que abres con la radiografía de mi corazón. 
Joder, ¡y eso que me muero de ganas de poder conocerte!

No hay comentarios:

Publicar un comentario